Son muchas cosas las que pueden pasar una mañana de domingo.
Atrás quedaron aquellas mañanas en las que sólo dormitaba y recorría la casa como alma en pena, sin ningún quehacer especial.
Ahora las mañanas de domingo son distintas, más alegres, llenas de planes que se pueden alargar hasta el atardecer.  Ya no hay pereza, hay ganas de salir a la calle y disfrutarlo como se merece.
Recuerdo que en mi infancia el domingo era ese día especial en el que recibías la paga… sí, era el día en el que podías gestionar tu propio dinero, esa sensación de comprarte lo que quieras: fresas de nata hasta el empacho, esponjas rosas o escalofríos… Nunca me duraron tanto 50 pesetas como en aquella época.

Bien, pues ahora los domingos, aunque en el tema económico no se parezcan nada a los de la infancia, han vuelto a tomar esa alegría de antaño. Gracias a Manuela Carmena, se puede disfrutar de dar un paseo por una de las avenidas más céntricas de Madrid. Sinceramente, se lo recomiendo a todo el mundo. Poder caminar por el Paseo del Prado, por la calzada, con esos árboles tan altos, admirar el edificio del Museo del Prado, es bonito.  Y ya no digo nada para los que les guste practicar el skate o patinar, aquí les queda una buena pista. Cuando vas caminado sientes que le has ganado la partida a los coches, que por unas horas la ciudad se convierte en algo más que una maraña de calles con coches furiosos.

Después del paseo nada mejor que desayunar… porque ahora los domingos se desayuna fuera. Hay una corriente, muy de moda, que apuesta por el Brunch; desayuno tardío o comida temprana o una mezcla de ambas. Si se me permite, aunque se pueda entender como un sacrilegio a la modernidad, yo prefiero hacer las dos cosas por separado… igual es que soy de buen comer.
Me encanta desayunar en un sitio bonito, con mucha luz… un café y una tostada con tomate y con aceite, junto con el prohibitivo zumo de naranja, y hacer sobredesayuno. Leer el periódico, comentar las noticias, solucionar el mundo, terminar de cerrar planes. Todo tiene cabida.
Y así, sin que te des cuenta, pues llega la hora de la caña o del vermut, ya saben que sobre gustos no hay nada escrito.Y ahora se trata de buscar una zona en la que haya bares, de esos de toda la vida, saborear cada caña,  y si hay suerte pillar una buena tapa… hacer hambre para la comida.

Para comer… pues ahí tenemos dos opciones: comer en vaso u optar por un restaurante. Por comer en vaso se entiende seguir de cañas hasta que el cuerpo aguante picando raciones de aquí y de allá. Buena opción, si se quiere pasar al Gin Tonic y desmelenarse el domingo. Si preferimos un plan tranquilo, solo nos queda probar el restaurante que nos apetezca y pedir lo que nos guste, que para eso estamos en el día del descanso y del disfrute.

Y así se acaba una mañana de domingo… lo mejor que tienen es que no hay dos iguales.